Con su sombrero alón de paño gris y su encanecido bigote de mefistofélicos extremos, don José contemplaba el prístino galope de los días, arrellanado en su sillón infatuado de herméticos avatares…miraba hacia la polvorienta calle Prat, aquella que diariamente recorrían los seis neumáticos de “la ñata”, conducida por el mismísimo Alberto Álvarez; recién trasladado desde Sotaquí, Don José Olivares devenía ahora en el inolvidable Meico de Huamalata, llegaba con sus infusiones de eucalipto y sus emplastos de pimiento a curar los desamparos que el misterio deposita en las grietas de la edad.
Todo vuelve a su lugar: los vasos, los violines, la rutina, la memoria y sus afanes&..todo, todo regresa a los mismos anaqueles, por ello después de tanta cueca, tonada y volantines, vuelvo a tu recuerdo tratando de entender lo repentino y silencioso de tu viaje. En mi ciega vanidad, debo admitirlo, siempre me creí merecedor de por lo menos una breve despedida entre nosotros, porque fueron tantos los años compartidos, tantas risas a la orilla de los días y tanta lágrima coronando las jornadas, por eso, no logro comprender por qué partiste guardando en tu equipaje las palabras, como esquivando incluso, un simple adiós entre nosotros o como dejando abiertos los círculos de un sueño que no tendrá fin en los ocasos del tiempo. Por ello, al finalizar las fiestas, cuando las cacharpayas incendian las páginas del crepúsculo,
”En el rodeo e` los Andes comadre Lola, le pegaron su puñete al guatón Loyola…al despuntar el 18 de septiembre, en ayunas don Celestino servía la chupilca, harina tostada con vino tinto, del quechua cupilcaque significa harina mezclada con chicha; fécula de trigo tostada en la callana , vasija de greda utilizada por los incas para tostar granos de trigo y maíz. Pero más allá de estas disquisiciones etimológicas, importa que las fiestas patrias llegaban en ayunas y emperifolladas de vino tinto, venían a faenar el pavo y preparar la cazuela criaturera con todo tipo de verduras, debajo de la ramada y con el fuego crepitando en la hornilla que se calentaba esperando las empanadas caldeas..mi alma. Y “La rosá..a rosá con el clavel..mi vida hicieron, hicieron un juramento..mi vida y pusie..y pusieron de testigo a un jazmín y un..”
Entre cuecas y tonadas llegaba a la fiesta la dupla inolvidable, la más perfecta combinación de dos opuestas fuerzas universales: Dionisio y Apolo, señera dicotomía en la más rancia tradición cosmogónica occidental. Dueto que en Huamalata, entre los “60 y 70″, fue representado por la collera inolvidable del Tito Michea y don Carlos Araya, dos ángulos opuestos por el vértice, pero unidops, por profundas coordenadas humanas, surgidas de fuentes muy diversas, entre las cuales la memoria anota: lazos familiares, amistosos, fraternos, religiosos, etílicos, culinarios, afectivos, pasionales; desmesuras, frustraciones, esperanzas, en fin, lazos que la condición humana da a luz en el follaje pluscuamsencillo de la vida. Venían a faenar el verraco diesiochero, el fondo de agua, medio tambor galvanizado, ya hervía a borbotones en l hornilla rastrera; en cuya pira los nervados troncos de eucalipto crepitaban haciendo saltar chispas contra las últimas sombras de la noche, las que agonizaban ante los portentosos rayos de la mañana, agua caliente para pelar el chancho como Dios manda, eran otros septiembres bordados con otras guirnaldas, aunque la chicha y el vino hayan sido los mismos e iguales sus efectos en los cauces mentales de la sangre.