Hace poco fui al matrimonio de un familiar, la fiesta se realizó en la casa de la novia, la alegría era total, luego del tradicional vals, los invitados a la pista y comienza el baile. El padre de la recién casada, que a esa hora bailaba con la consuegra se acerca y viéndome solo como siempre sumido en mis cavilaciones y recuerdos sobre mi querido Ovalle , señalando a una sus hijas solteras y con una cómplice cerrada de ojo me invita a integrarme a la celebración. A pesar de lo fuerte de la música le alcanzo a escuchar, vamos hay que divertirse que la música está muy buena, “no puede haber matrimonio sin orquesta”. Me quedo pensando y sin que me escuche comento “si, . . .
En el verano estuve un par de veces en Guanaqueros, en ambas ocasiones invitado por amigos ovallinos, la pasé muy bien, la atención increíble, hicimos recuerdos, revisamos fotos, nos tomamos unos traguitos y visitamos algunos lugares que recorrían en su época juvenil.
Hace poco, en el verano, por supuesto que en Guanaqueros, me encontré con un amigo que me contó sobre el reencuentro con una querida amiga de la infancia y con que emoción y nostalgia recordaron el lugar donde nacieron, el querido barrio, una comunidad en que todos se conocían, donde las casas permanecían con sus puertas siempre abiertas, a lo sumo con un orificio y una pita que colgaba para que cualquiera de los vecinos la pudiese abrir. Este Barrio, ubicado en calle Tangue, entre Carmen y Victoria, no era muy distinto a lo que pasaba en muchos sectores de nuestra ciudad, por esos años muy tranquila, llena de amistad y de buena vecindad.